lunes, 29 de septiembre de 2025

miércoles, 10 de septiembre de 2025

La maleta que no cabía en el avión - Parte 1

Jaren se había acostumbrado a la tienda, así que ya no le impactaba tanto tocar objetos y vivir sus historias como al principio. A veces incluso colocaba el stock en las estanterías y no sentía el recuerdo que guardaba el objeto, pero ese sábado fue distinto. Con lagañas aún en los ojos tocó una maleta y lo llevó a una historia que lo conmovió.
Se vio a sí mismo como un niño que corría en un solar lleno de casitas uniformadas que hacían un círculo, él andaba en tirantes y pantalones cortos y se dirigía al baño, que estaba fuera de la vivienda, en un edificio central en el círculo. Por el camino sentía el olor de café, ropa recién lavada y guiso de frijoles. Cuando salió y se fue a acercar a casa de la abuela, por la ventana, escuchó a sus padres decir algo que le disgustó: "tenemos que salir de aquí, no queremos que ellos que también se acostumbren a vivir con miedo, como quién se acostumbra a la sensación de calor. En España podremos tener más oportunidades, podremos criarlos con más paz". Él entro dando un golpe en la puerta al grito de "¡Pero qué dicen! Esta es nuestra casa. Acá tenemos todo. ¡No quiero irme!". Jaren sintió desesperación en sus propias palabras. Notaba la sangre corriéndole con fuerza y tensándole los músculos junto con la respiración acelerada. Sentía la fuerza en los puños apretados y un nudo en la garganta que le provocaba casi sensación de ahogo. Estaba colérico. "¡Yo no me voy!". Ahí descubrió que se llamaba Carlos Alberto, porque ese nombre, en tono de autoridad fue el que empleó su madre para ordenarle silencio. El chico dio otro golpe a la puerta,  haciéndole saltar un trozo de madera. La abuela cogió el hombro de la madre sacudiendo la cabeza. "Miraré de hablar con él", y siguió al chico que se metió en su casa, concretamente, en la privacidad de su habitación. La anciana pidió permiso para entrar y el chico accedió. Con mucha ternura, ella trató de explicarle por qué sus padres habían tomado esa decisión, dándole a entender que no tenía opción, que era lo mejor para ellos, que lo hacían por él y su hermano, por sus futuros. En el fondo lo entendía pero no era su deseo. Carlos asintió mordiéndose el puño. Podía percibir el estómago encogido. Probablemente bajo tanta rabia, había un miedo y una tristeza brutales, pensó Jaren. 

El día que tocó partir, el sol radiaba tan fuerte que parecía que el cielo también lo quería retener. Se vio a sí mismo cómo metía en la maleta varias mudas de ropa, una crema Nivea medio vacía, varios objetos y una foto de la familia enmarcada. La abuela le ofreció un jersey de lana al son de las palabras: “Por si te da frío allá”. Ella rió, pero tenía los ojos brillosos. Carlos la abrazó. Él lo metió en la maleta y la cerró.

Su tío fue metiendo cada maleta y bolsa en la camioneta. Sus padres, hermano y él, subieron en ella. El tío colocó la llave en el bombín de arranque. Carlos observó pasivo la que había sido su casa, su infancia, toda su vida, a través de la ventana. Toda la familia los despidió con las manos en el aire. Carlos, y Jaren con él, sintió cómo sus ojos se tornaban húmedos. Quería resistir la salida de las lágrimas, pero no fue capaz, éstas cayeron libres por sus mejillas. Notó unos golpecitos en el brazo. Miró a su hermano, situado a la izquierda. "Ten, yo ya me lo he ido mirando, tendremos que aprenderlo". En la mano sostenía un libro, concretamente un diccionario. En la portada se podía leer "Diccionario Español-Catalán". Carlos chasqueó la lengua y dio un manotazo al libro, que cayó al suelo. "Déjame en paz". 

Continuará...

Los 3 filtros de Sócrates

El pendiente

 Sábado.

A Jaren le tocaba trabajar en la tienda. Le daba mucha pereza tener que salir de la cama para ir pero no se quejó en voz alta. 

Subió la persiana con dificultad porque aún tenía los músculos agarrotados de levantarse hace nada y abrió la tienda con las llaves.

El dueño siempre le dejaba una nota con tareas en el mostrador: deshacer algunas cajas, fregar suelos, poner algunos precios a objetos mediante etiquetas… 

Ese día a penas tenía un par de tareas de limpieza que hacer. Poco después de abrir, entraron unos clientes. Compraron algunos discos de vinilo antes permitiéndose entrenerse entre pasillos aleatorios. Jaren los había saludado y los observaba. No había cámaras así que cuando entraban clientes había que estar atento. 

Cuando se marcharon, Jaren volvió al mostrador. Bostezó varias veces. Se sentía aburrido. Fue en ese momento en el que se fijó en un pendiente en forma de perla que había al lado de la caja. “¿Se me ha pasado antes? No lo tenía localizado”, pensó. Buscó la pareja del pendiente dando por hecho que la encontraría rondando el mostrador. Se agachó para buscar en el suelo, miró dentro de la caja… no había ni rastro del otro par.  Jaren cerró los ojos agarrando con fuerza la perla tratando de visitar el recuerdo de su dueña. Nada. Lo volvió a intentar. Nada. “¿He perdido mi don?” Quiso probar otro objeto así que se dirigió hacia un pasillo cuando tras él escuchó una voz femenina conocida.

-¡Vaya! ¡Qué suerte! Has encontrado mi pendiente-.  

Cuando Jaren se dio la vuelta, su atención fue secuestrada por ese pelo rojo salvaje que caracteriza a Pandora. 

-¿Es tuyo?- preguntó. La chica ya se había puesto el pendiente en una oreja.

-Sí- afirmó ella. Él se sintió incómodo por algún motivo que no alcanzaba a comprender. Sintió cómo se tensaban sus hombros y piernas. 

-No veo que lleves el otro puesto…- alcanzó a decir. 

-Ya- respondió ella escueta. Jaren le tenía cierto desagrado a la chica. Le incomodaba especialmente. 

Jaren fue a decir algo pero calló. “Algo me dice que no es cierto”, pensó.

-¿Decías algo?- interrogó Pandora con los ojos muy abiertos y una sonrisa hierática.

Jaren negó con la cabeza apretando los labios. Pandora se fijó en ese gesto. Se quedó mirándolos con descaro. 

-Oye, ¿no te cansas de ser tan callado?- preguntó ella alzando las cejas y con un tono inquisitivo. 

Jaren iba a responder. Le iba a decir que a ella no le importaba, o podía confesarle cómo le hacía sentir. Sin embargo sólo fue capaz de decir: 

-No…- 

Pandora rió, cogió su bolso que aparentemente estaba en el suelo y salió por la puerta principal. 

Jaren se quedó pensativo. 

“¿Cuándo ha entrado? ¿Cómo no me he dado cuenta?”

martes, 9 de septiembre de 2025

Como papá

-¿Qué chaval?¿Cómo estás?- el tío de Jaren había decidido adoptar un rol parecido al de padrastro desde que su padre falleció. Cada poco tiempo se lo llevaba al cine o a la playa cuando su madre tenía recados que atender. Ese sábado habían escogido ver una película de acción. Aunque era rutinario ver acción o ciencia ficción. 

-Bien, bien, me va bastante bien todo. No me quejo- las conversaciones entre ellos dos no eran demasiado profundas, pero estaban presentes el uno para el otro en ese intercambio banal.

-¿Las notas bien? Tienes que estudiar, eh. Que no te pase como a tu padre y a mí y te quedes en “currito”. Que tú cabeza da para más-. 

-Sí, sí, voy aprobando todo, tito. Mamá ya me da bastante la turra con eso-. Jaren se quedó removido; su tío no solía hablar de su padre.

-¡Ja, ja! Ya me lo imagino. Con lo doña sargento que es tu madre… siempre dando órdenes. Pero ella cuando manda lo hace con razón-.

-Sí, sí, ja ja ja. Cualquiera la contradice- respondió el chico.

-¿Y ya tienes novieta?- la pregunta pilló a Jaren con la guardia baja. 

-¿Qué? No, aún no…- “novieta”, repitió para sí. Le entraron las inseguridades. No se había ni planteado que pudiese gustarle a una chica… ni a un chico. No se había planteado nada de forma seria. 

-Pero alguna muchacha habrá que te guste, ¿no?- 

Jaren pensó en la fiesta y se ruborizó al pensar en cómo había mirado el pecho de su amiga.

-Oye, el tráiler de la peli, ¿tú lo has visto? Yo no he tenido tiempo-. 

-¡Mira como cambia de tema el listillo! Bueno ya sabes, cuando necesites condones me los pides y ya. No te pediré explicaciones ni nada. Tú confía en tu tío que nunca te ha fallado-. En eso llevaba razón. Su tío nunca le había pedido grandes explicaciones con respecto a nada y le había defendido más de una vez de los castigos de “doña sargento”. Pero en ese momento, más que pensar en amoríos, Jaren tenía otra cosa en mente…

-Tito, antes me has dicho que no acabe siendo un currito como papá y tú, ¿a ti te hubiera gustado hacer otra cosa? -calló un segundo- y… ¿a mi padre?- Jaren tornó su expresión seria. 

-Yo no, no me veo haciendo otra cosa. Pero la vida de camionero es difícil, chaval. Ya sabes, te pasas el día fuera de casa y tu padre… creo que quería ser abogado o arquitecto o algo así-. Jaren rió y su tío lo miró divertido. -¿qué pasa?

-Pues que parece que no tienes muy claro qué quería estudiar él- 

-Qué va, chaval. Al final la vida lo acabó llevando a la obra y ya está. Uno vive del dinero que gana, no de estar en las nubes. Pero tú estudia, eh. No me seas tonto-. 

Jaren asintió y volvió la conversación hacia el mundo cinematográfico.