Carolina miraba la taza con decorados de Mallorca que una compañera de trabajo le regaló, llena de café con leche; y casi podía sentir que la taza de café con leche la miraba de vuelta. Suspiró mientras seguía mirando la taza y la taza la seguía mirando a ella. A veces le daba por preguntarse cómo de diferente hubiese sido su vida si hubiera tomado otras decisiones. “¿Me hubiera gustado el trabajo de enfermera? ¿Me llenaría más que lo hago ahora?”. Recuerda a su yo de 17 años eligiendo dedicarse al hospital, al cuidado de pacientes. Recuerda imaginarse con el pijama sanitario.
Antes de iniciar la universidad, ella tenía claro que quería ser enfermera pero en casa faltaba el dinero y tuvo que ponerse a trabajar. Al poco tiempo conoció a Javi, el padre de Jaren. Se casaron y se fueron a vivir juntos. Viendo que ella no era feliz en su trabajo de manipuladora en la fábrica, Javi le propuso que estudiase. Por las facilidades que se ofrecían, pudo hacer algunos cursos de administración. No le encantaba, pero le motivaba lo suficiente como para continuar por esa línea. Finalmente, pudo hacer el salto al mundo empresarial como administrativa. Al poco, casi sin buscarlo, se quedó embarazada. Ese niño representaba para la pareja ilusión, emoción, felicidad… toda esperanza estaba puesta en ese bebé.
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